Un taller para la riieeme

Hace aproximadamente un año tuvimos el taller de escritura de Conchita. Nosotros la buscamos a ella para que nos ayudara en nuestros intentos por aprender a escribir y ella accedió de muy buena gana. Aprendí muchas cosas, sin embargo no puedo decir que haya aprendido a escribir. El curso me sirvió para darme cuenta que escribir es algo más que tener don para narrar cosas o buena ortografía. Hay tecnicismos y reglas que pueden resultar chocantes y presuntuosos, pero que es conveniente respetar para que efectivamente la escritura se convierta en un medio de comunicación. También es cierto que algunas personas tienen más facilidad (gracia, carisma o soltura) para narrar que otras, pero también lo es que todos podemos aprender a escribir más o menos bien para expresar lo que queremos decir. Otra cosas son las fuentes: ningún escrito es sacado de la nada, todos tienen referentes y un objetivo, aunque también es importante (en ciencia sobretodo) no ser repetitivo. Esto significa que escribir no es sólo cosa de tomar una pluma o un teclado, inspirarse y esperar a que broten los símbolos en forma de palabras bien estructuradas. Escribir bien es algo que puedo llegar a hacer si me preocupo por ello en mi día a día.

Como mencioné, aprendí muchas cosas, pero mi entusiasmo de asistir cada semana se incrementaba con los graciosos ejercicios que Conchita nos ponía para adentrarnos en los temas. Uno de los que más me gustó consistió en redactar una nueva versión de Caperucita Roja desde la perspectiva de los diferentes personajes. El relato debía ser breve y conciso. A mí me tocó escribir desde el lobo feroz y, recordando ese bonito curso que tomamos, reproduzco aquí la versión que escribí en ese entonces. Me divertí mucho, gracias Conchita.

En el bosque del lobo

El lobo tenía su fama y había que conservarla. Había vivido en el bosque por años y mantenía una buena relación con aquel poblado que se estableció muy cerca de su hábitat. Nunca había pensado en atacar a sus habitantes porque generosamente le facilitaban la labor de caza, criando ovejas o pequeños terneros exclusivamente para él. Los pueblerinos le temían por aquella fama tan bien ganada y se mantenían alejados de él, pero el lobo bien sabía que tenía que alimentar ese sentimiento para mantener ese equilibrio en aquella relación tan extraña.

Y ese día, esa niña imprudente no le tuvo miedo. Ataviada con su llamativa capa roja, lo retó cruzando el bosque. El lobo salió a su encuentro, pero la niña no se inmutó, al contrario, ¡se atrevió a hacerle conversación! Ni siquiera le convidó de los exquisitos pasteles que llevaba en su canasta. Tan poco era su temor que hasta le dijo a dónde se dirigía.

Así que el lobo, sintiéndose amenazado, se adelantó y llegó a esa cabaña donde la abuela se mostró más prudente y asustadiza que la niña, pero a la que había que callar de alguna manera. No le quedó más remedio que desnudarla, comérsela y vestirse como ella (a lo que obligan las viejecillas a los lobos). Pero cuando la niña llegó, siguió jugando con su astucia. Le hizo preguntas que tenían respuestas evidentes. ¿Es que esa niña nunca había mirado bien a su anciana abuela? ¿Acaso la nariz del lobo era más grande que la de la viejecilla? ¿y qué decir de las orejas? ¿no eran los ojos de ambos igual de fieros? Eso sí, sus uñas eran más hermosas y sus afilados dientes más lucidores y brillantes, pero ¿a qué venían todas esas preguntas tontas? El lobo no se dejó intimidar e improvisó inteligentemente: su respuesta a esa última necia pregunta fue “¡para comerte mejor!”. En ese momento, un cazador indiscreto que pasaba por ahí lo sorprendió y lo mató, sin entablar una lucha digna.

Nuestro antepasado, sin embargo, logró su objetivo. Aún ahora los humanos cuentan a sus hijos aquella historia para dejar bien sentado cuál es su lugar en este bosque. Nosotros la narramos para honrar a nuestro héroe, gracias al cual aún conservamos nuestra buena fuente de comida y un bosque libre de humanos.

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Acerca de Blanca

Soy yo y todas mis confusas personalidades.
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